Dónde acaban nuestros datos

En una entrevista publicada en “El País” a Jannis Kallinikos, actualmente profesor en el Grupo de Sistemas de Información e Innovación del Departamento de Administración de la Escuela de Economía y Ciencias Políticas de Londres (LSE) y es considerado uno de los mayores expertos la información tecnológica y cultura mediada por software, “los usuarios se juegan más que la privacidad cuando ceden información personal.”

Cada vez que instalamos una aplicación en el móvil o cada vez que “leemos y aceptamos” las condiciones de una página web, nos exponemos a ceder datos personales a una organización. Lo hacemos voluntariamente, según los términos legales, pero ni los expertos saben realmente las consecuencias de estas acciones.

Jannis Kallinikos estudia el impacto que tiene la difusión tecnológica de información en las organizaciones y en la sociedad.

Kallinikos habló de los datos digitales como una nueva realidad, no un mero reflejo o registro de lo que hay en el mundo físico. Así como ejemplo indicó que un simple like de Facebook, indica aprobación de una imagen u otro contenido, pero también es un significado para un contexto muy específico que no existía antes.

También pone el ejemplo del Data mining, o minería de datos, donde se buscan relaciones entre la información, pero relaciones que solo existen porque esa información se ha generado y almacenado. Los datos que se extraen no representan exactamente algo que existe ahí fuera.

La revolución de la nueva industria digital, entonces, no se debe solo a la cesión y el análisis de datos personales. Según Kallinikos, pasa primero por generar esa información: una nueva realidad.

Ante la pregunta sobre si la generación masiva de datos personales supone un problema ético, respondió que, pese a que el de privacidad es el problema que más se discute, hay otros. Uno de ellos es que se utilizan los datos para describir a las personas de formas que desconocen. Ya no es solo que yo no doy mi permiso, es que esa información volverá a mí para influir en mis decisiones, hasta el punto en el que puedo actuar de formas que no habría hecho si no se hubiesen recogido mis datos.

Por ejemplo, un sistema de recomendación de viajes, basado en mi ubicación y en los sitios que han visitado personas con gustos similares, me va a sugerir destinos. Puede parecer inocente, pero la producción de esa información es compleja, y quizás yo visite esos lugares y haga cosas que no habría hecho, o incluso podría morir en uno de esos lugares. Esto es un problema ético que no es exactamente de privacidad.

Asimismo, fue preguntado si la gente confía más en el big data que en su propio criterio para tomar decisiones, respondiendo que, a veces, no contemplan ya sus propios pensamientos. En muchas ocasiones no hacen la comparación entre lo recomendado y su decisión: se dejan llevar por las sugerencias.

Los sistemas ofrecen soluciones que los usuarios no contemplarían solos, y si el proceso se repite, las personas acaban más vacías, más planas. Esto también parece un problema ético. Es un problema de conocimiento, de calidad de vida, de democracia, pero de ética también.

En la mayoría de los casos, “no tienes ni idea de dónde acabarán tus datos, ya que muchas de esas operaciones no son públicas. Lo que te queda es una sensación de intranquilidad generalizada, pero aceptas igualmente.”

Por último, indicó que los sistemas que procesan y comparan información se volverán más complejos y estratificados. Como usuarios, tendremos acceso solo a las interfaces preciosas, pero no podremos imaginar, incluso no querremos imaginar, en muchos casos, lo que hay detrás.